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Una ley para cazar opositores

BOLONIA.- Parece una broma, pero no lo es: la Asamblea Constituyente venezolana, el organismo inventado para cerrar el Parlamento dominado por la oposición, aprobó una “ley constitucional contra el odio, por la convivencia pacífica y la tolerancia”. Así que ahora ese país sin vacunas pero con mucha inflación, sin comida pero con difteria, sin un Parlamento libre pero con 350 presos políticos, ese país asolado por la ineptitud de sus gobernantes puede preciarse de tener, junto a un muy útil ministerio de la felicidad eterna, una ley que castiga un sentimiento: el odio. Será el trópico, el ron o un extraño sentido del humor, pero todo lo que hace el chavismo tiene algo excesivo, grotesco, monstruoso.

Quien sea lo bastante cínico para tomarlo con humor puede leer la nueva ley en la gaceta oficial de Venezuela.

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Si logra terminar la lectura sin caer víctima de las náuseas, es posible que piense que Orwell era un aficionado y Laurel & Hardy, actores trágicos.

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Con este texto barroco y meloso, falso y provocativo, muy políticamente correcto, el régimen decreta el castigo del odio y ordena que todo el país se convierta a los valores del Estado chavista: derechos humanos, amor, libertad, democracia, etc.

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Los mandamientos chavistas son 19; nueve más que los diez recibidos por Moisés, uno menos que las verdades peronistas.

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Todo el país, ordena la ley, debe convertirse en apóstol de esos valores: los poderes públicos, pero también las empresas privadas, las organizaciones deportivas y religiosas, las asociaciones de género, los afrodescendientes y los indígenas; incluso los discapacitados (textual).

Y entonces, como muchos lo odian, el régimen castiga el odio.

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Es feo odiar, estoy de acuerdo, pero ¡es tan humano! Mejor aún: el régimen llama odio al sentimiento sacrosanto de quienes se oponen a él para castigarlos mejor; y llama amor a su odio hacia aquellos que disienten.

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Así de simple. Cuando Maduro insulta a los enemigos, cuando los llama fascistas, vendepatrias, escuálidos, oligarcas, cuando envía los cuerpos especiales para torturar, violar, matar, no odia: Maduro ama.

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Como amaba Lenin, bajo cuyo retrato el régimen conmemoró la revolución bolchevique: ¡como si fuera la Madre Teresa! Y cómo amaba el Che Guevara.

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Cuando en su famosa carta a la Tricontinental invocó “el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo” que convierte “al ser humano en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”, el Che amaba; y sobre todo, fundamentalmente, conservaba la “ternura”.

En lugar de preguntarse por qué es tan odiado, el chavismo castiga a los que lo odian por odiarlo.

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Y les pega duro: hasta veinte años de cárcel. Por supuesto pretende que todos lo obedezcan: que nadie sea indiferente, neutral, tibio. Así lo han hecho siempre los regímenes totalitarios: somos la nueva religión, nuestro líder es el nuevo mesías, que quien nos ama nos siga y quien nos odie perezca entre las llamas del infierno.

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De hecho, la ley crea su buen tribunal de la inquisición, totalmente sometido al régimen, que pronto dirá quién es devoto y quién infiel.

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Ganar las elecciones, en el futuro, será aún más fácil y ya no será posible que los venezolanos se atrevan a darle la espalda a su Dios.

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No satisfecha, finalmente, la ley está dedicada por el régimen a los muertos que, odiándolo con buenos motivos para odiarlo, él mismo mató en las calles hace unos meses.

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La desvergüenza, el cinismo, el mal gusto son tales que sueño con ver un día a todos estos personajes de baja ralea sentados en el banquillo de los acusados de una verdadera corte.

La ley, es obvio, no debe tomarse al pie de la letra.

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Nada en el chavismo debe tomarse al pie de la letra, por su crónica distorsión de las palabras y de los hechos.

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A partir de las elecciones es una farsa ridícula y brutal. Como todo en el chavismo, esta ley tiene fines muy prosaicos. No hace falta ser un genio para descifrar los artículos de la ley y entender lo que quiere el gobierno.

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En primer lugar, quiere eliminar la disidencia: amenazarla, criminalizarla, silenciarla. Luego quiere sembrar el terror, inducir la autocensura, cerrar los espacios libres restantes: en la prensa, en la radio, en las redes sociales.

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¿Quién se atreverá a expresarse sabiendo que sobre su cabeza sobrevuela la acusación de sembrar odio, un fantasma con contornos indefinibles?

Lo que busca el gobierno de Maduro es que todos aquellos que aman la libertad y conservan su dignidad, aquellos de los que el país más necesita para salir del pozo en el que se encuentra se vayan: el chavismo quiere para sí todo el país, como el castrismo en Cuba.

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Por lo tanto, la ley le brinda al gobierno las herramientas para establecer lo que se puede decir y lo que no se puede: en los medios, en las calles, en las escuelas; el Gran Hermano está al acecho.

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Todo esto se vio ya muchas veces: cuando se les saca el polvo de encima, los totalitarismos son siempre lo mismo.

Pero ¿por qué indignarse? ¿Por qué volver a hablar de eso? ¿No sabemos ya lo que es el chavismo? Precisamente este es el punto: Venezuela ha desaparecido del radar.

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¿Que pasó con tantas mediaciones y tantos mediadores? Hay silencio, resignación, como si a los venezolanos les tocara llevar la cruz que vacune a todos los demás contra su propio destino.

Aquellos que realmente se preocupan por los derechos humanos deberían leer los testimonios reunidos por el Foro Penal de Caracas: humillaciones, torturas, golpes, violaciones, sadismos varios; una galería de horrores que sin embrago no recoge ni siquiera la milésima parte de la solidaridad recogida en su momento por las víctimas de atrocidades de otros regímenes.

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¿Por qué? Sí, lo sé, la oposición venezolana es lo que es: tiene sus miserias, está dividida, no tiene liderazgo.

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Pero disparar sobre la Cruz Roja es fácil: ¿qué haríamos en su lugar? Como dijo un político italiano que había gobernado durante medio siglo a quienes le preguntaron si no se sentía gastado por el ejercicio del poder: el poder gasta a quien no lo tiene.

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Y la oposición venezolana no tiene ningún poder.

El gobierno tampoco, sin embargo, tiene un poder infinito ni el poder que aparenta tener.

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El señor Maduro se siente fuerte y rebosa arrogancia, es verdad. En la última burla electoral le ha ido bien y se siente más astuto y firme que nunca en su montura: no quiere observadores en las negociaciones con la oposición; va a la TV para anunciar la inminente victoria contra la fantasmal “guerra económica” en su contra; incluso se da el lujo de solidarizarse con los “presos políticos catalanes” y su revuelta contra la “burguesía” opresora: dichosa ignorancia.

Pero Venezuela está al borde de la quiebra y nunca como ahora, cuando comienzan las negociaciones sobre su colosal deuda exterior, la comunidad internacional ha tenido tantas armas en las manos para poner al régimen contra la pared: ¿le importarán más los venezolanos o los riesgos que corren sus créditos? Una cosa es cierta: quienes pueden -gobiernos, diplomáticos, organizaciones internacionales, iglesias, los que tenemos un espacio para expresarnos- no deben olvidar a Venezuela.

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Incluso por nuestro propio bien: es una cuestión de democracia, libertad, antifascismo, una cuestión de conciencia; cosas antiguas, pero siempre válidas.

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¿Dirán que odiamos? Está bien. Que vengan por nosotros.

Ensayista y profesor de historia en la Universidad de Bolonia, Italia

LA NACION Opinión Crisis en Venezuela.

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