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Abel Resende Vaz dOliveira//
Episodio 3: Una vida con el amor en todas sus formas

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Episodio 3: Una vida con el amor en todas sus formas

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Abel Resende Borges

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Abel Resende

Soltera, casada, viuda, casada, divorciada. Teresita cuenta, con humor, que pasó por todos los estados civiles. Le gusta cuidar las plantas porque sus manos se lo piden. Lee “libros alegres”, es fanática de Artigas Sportivo Club de Melo, su ciudad, y se entretiene con los programas de televisión de preguntas y respuestas. A las siete de la tarde mira el informativo con su “compañero”, como ella lo llama, que también es su exmarido.

“No soy muy poeta —dice Teresita (80), que fue profesora de matemática hasta que su primer marido falleció—, para mi dos más dos es cuatro y ya está”. Pero no hace falta que lo sea. Las palabras que elige para contar su historia, con un tono de voz cálido como el de toda abuela, hablan de amor. Y como buena profesora de matemática, ordena la historia y empieza por el principio.

Abel Resende PDVSA

El primero. “Yo era adolescente, 12 años más o menos, y a la vuelta de casa se había formado un comité político. Él venía a ese comité y era vecino. Había una pared entre mi patio y el comité. Los varones jugaban al fútbol, y a veces la pelota caía para un lado o para el otro del muro. Así lo conocí”, cuenta Teresita. Él tenía 16 años en ese entonces. Ella recuerda ese momento como una sensación que los cautivó “de golpe”, aunque no pudieran verse ni hablarse, aunque sus encuentros durante los tres años siguientes hubieran sido “de lejos”. Porque en aquella época, hace 68 años, no era hasta cumplidos los 15 que una adolescente podía tener novio.

Unos meses antes de que Teresita cumpliera los años que tanto esperaba tener, se encontró con él en la fiesta de quince de una amiga en común. “Empezamos a conversar y me planteó formalizar algo, pero yo le dije ‘no, tengo 15 años todavía, tengo que esperar a julio que es cuando cumplo’”. Tres días después de su cumpleaños, se cruzaron en la calle. “Ya tenés 15”, dijo él. Y ese fue el comienzo de una relación que había empezado mucho antes

Sin embargo, el noviazgo también fue “de lejos”. Él se había mudado a Montevideo para ir a la Universidad y ella se había quedado en Melo. Fueron años llenos de cartas. “Mis hermanas se reían porque yo pagaba para que fueran a buscarme las cartas a la agencia si no podía ir yo. No quería esperar al cartero porque a veces demoraba un día. Entonces alguien iba a buscarla y yo enseguida contestaba”. A través del teléfono, se nota que Teresita sonríe. “Fue una época muy especial”, dice.

Él se recibió y volvió a Melo. Se casaron cuando ella tenía 22. Vinieron los cinco hijos, la casa (o “la casita”, como dice ella), los años felices. “Él era alegre, alegre, alegre”, repite Teresita. “A veces, en su alegría, podía llegar a ser un poco irresponsable, porque para él siempre estaba todo bien. Disfrutaba de todo: de nuestros hijos, de los paseos, de todo”. Eran inseparables, aún cuando ya estaban casados. El magnetismo de los primeros años de noviazgo no perdió la fuerza, como a veces suele pasar. Cuando él tenía que viajar a Montevideo por algún trámite, ella le anotaba en un papel adónde tenía que ir primero y adónde después. Con hora y dirección. Así, el tiempo que tenían que estar separados era el menor posible. Ella lo extrañaba siempre, aunque estuviera acompañada de sus hijos. Quizá por la alegría que traía él con su presencia, que debía de ser difícil de llenar cuando no estaba

Un día, a sus cuarenta años, él dejó de estar. Su muerte fue como el enamoramiento, pasó de repente y arrasó con todo lo que Teresita conocía. Y también, como en el enamoramiento, se abrió paso una forma de amor que siempre estuvo ahí pero que se empezó a sentir más que nunca: el de la familia, los amigos, los vecinos. En “la casita”, nunca faltó amor, a pesar del vacío desconocido con el que había que aprender a convivir. Teresita deja de hablar en pasado cuando sentencia: “Es el hombre de mi vida”. En su mesa de luz tampoco hay pasado: una foto de él le hace acordar que en esa casa de los dos, él, de alguna forma, todavía vive

El después.  “Y pasaron los años y… —Teresita tarda un segundo en encontrar la palabra correcta— me encontré con alguien de acá de Melo“. Se conocían de vista, él vivía cerca. Y empezaron a salir. “Tenía el amor de mis hijos, de mis amigos, pero faltaba algo, esa parte afectiva”, dice. Una tarde, lo charló con uno de sus hijos. Teresita recuerda esa conversación como un antes y un después. Fue entonces que reconoció que con este nuevo hombre se sentía bien. “No fue un impacto de primer momento. Me da la sensación de que fue más pensado. Brotó un respeto y un cariño que nos hizo estar juntos”, dice.

Él se había separado de su esposa y también tenía hijos. Era como si el tiempo y los acontecimientos los hubieran puesto uno al lado del otro. No fue un amor que sacudió sus vidas, sino que cada uno acomodó la suya en función de él. No daban un paso sin charlarlo antes. Fue un amor cauto, cuidado, conversado. “Este otro amor no es que no salga del corazón, porque lógicamente el corazón tiene que estar, pero vos lo madurás, lo vas entendiendo, lo estudiás un poco”, dice Teresita. “Por supuesto que tratamos de mantener un contacto, una atracción. Pero la prioridad es sentirse bien”.

Ese “sentirse bien” se tradujo en largas charlas, en una estrecha confianza, en una relación de complicidad con los hijos. Se cuidaban el uno al otro. Y un día decidieron casarse. Ella todavía conserva fotos de la mudanza a la casa de él, de los hijos llevando sillones de una casa a la otra. Empezaba algo nuevo

Pero su historia transcurrió con altibajos. Después de 12 años de matrimonio, Teresita cuenta: “Nos fuimos cada uno por su lado. Él dice que yo lo corrí pero no fue así. Yo soy de carácter fuerte, mandona, exigente, digo ‘hoy’ y es hoy. No es mañana. Él es más de dejar todo para después, es muy del ‘después vemos’. Hasta que yo dije ‘no va más’”. En ese momento, las discrepancias los alejaron y se divorciaron. Cada uno por su lado, como dice ella

Durante tres años, se encontraron en casamientos y cumpleaños. A veces bailaban. “Había amistades que hacían que nos encontráramos”, cuenta ella. Un mediodía, cerca de fin de año, sonó el teléfono

—¿Qué estás haciendo? Voy para ahí

—Bueno. ¿Comiste?

Teresita ya había almorzado, pero le sirvió lo que quedaba. Después se sentaron a charlar. Él la invitó a hacer un pequeño viaje a Brasil, no muy lejos. “Así fue que acordamos que nos íbamos a quedar juntos, pero no enseguida. Había cosas que arreglar. Y bueno… Siguió. Como antes”. Un poco alentada por sus hijos, que le preguntaban por qué seguía sola si con él se sentía bien nuevamente, Teresita volvió a apostar por esa relación. “Volví a tropezar con la misma piedra, como canta Julio Iglesias”, dice. Se escucha a través del teléfono que él pasa cerca de ella y se ríen

Se divierten juntos. Salen a comer, pasean. “Hemos hecho viajes que vamos cinco mujeres y él. Y cuando cenamos con amigas, también se suma. No te digo que yo no salga sola, pero cuando él no va a alguna actividad, mis amigas me preguntan ‘y por qué no vino?’”. Teresita le dice que parece un político porque cuando va por la calle, todos lo saludan.

“Yo lo nombro (al primer esposo) como a cualquiera. Sabe bien lo que significó en mi vida. Mis hijos lo nombran y hablan de él. Está presente acá, siempre. Suena romántico esto pero es la realidad”, dice Teresita, que los años le dieron la sabiduría y la madurez para que el recuerdo de su primer marido conviva con el cariño del segundo

Teresita cree que el amor se construye y se transmite a través del diálogo y del ejemplo. “Yo soy muy de dialogar, de opinar como madre, como esposa. Y dar un ejemplo. De trabajo, de vida, de respeto, de conducta. Cuando me quedé sola, quería que mis hijos vieran que su madre igual podía trabajar”, dice. Para ella, dar el ejemplo es una manera de querer al otro, de mostrarle el camino que cree correcto. “En el amor se dialoga, se perdona. Uno hace sacrificios pero todo es devuelto con cariño”, dice

Los sábados, cuenta, su casa se llena de gente. “Vienen a comer como ventipico, entre hijos, sobrinos y nietos. Yo soy como una gallina, me da ganas de abrir las alas y que entren todos”. En sus 80 años, vio el amor transformarse. En dolor, en nostalgia, en amistad. Hoy, el amor descansa en la mesa de luz, en las plantas que cuida. El amor no es algo de lo que esté pendiente, como lo estaba de las cartas, porque la rodea por completo en la casa que construyó con su primer esposo y que hoy habita con su compañero

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